Registro arqueológico y epigráfico
La afirmación de que el pueblo judío carece de conexión ancestral con la Tierra de Israel contradice un extenso registro arqueológico y textual universalmente reconocido que abarca más de tres milenios. La inscripción extrabíblica más antigua que menciona a Israel es la Estela de Merenptah egipcia, datada hacia el 1207 a. C., la cual identifica a Israel como una entidad poblacional asentada en las tierras altas centrales de Canaán. Las excavaciones en Jerusalén, Judea y Samaria han sacado a la luz testimonios monumentales de los antiguos reinos de Israel y Judá. Destaca entre ellos la Estela de Tel Dan, del siglo IX a. C., que conserva una inscripción en arameo con la mención bytdwd («Casa de David»), lo que corrobora de forma directa la dinastía bíblica de Judá. En la Ciudad de David de Jerusalén, los arqueólogos han recuperado cientos de impresiones de sellos de arcilla (bullae) estampadas con antiguos nombres en paleohebreo idénticos a los registrados en las crónicas bíblicas y clásicas.
Continuidad documental y manuscrita
Los manuscritos hallados en el desierto de Judea evidencian la antigüedad de la vida cultural y religiosa judía en la región. Los Rollos del Mar Muerto, encontrados en cuevas cercanas a Qumrán y fechados entre el siglo III a. C. y el siglo I d. C., constituyen una prueba documental monumental de la vida comunitaria, religiosa y literaria judía, redactada en hebreo y arameo. Asimismo, las monedas acuñadas durante las revueltas judías contra la Roma imperial —la Gran Revuelta (66–73 d. C.) y la rebelión de Bar Kojba (132–136 d. C.)— presentan inscripciones en paleohebreo que proclaman «Libertad de Sion» y «Por la redención de Jerusalén». Estas piezas demuestran fehacientemente una arraigada conciencia de soberanía siglos antes de las subsiguientes ocupaciones imperiales a cargo de gobernantes bizantinos, árabes, cruzados y otomanos.
Evidencia genómica de los orígenes levantinos
La paleogenómica y la genética de poblaciones modernas han refutado por completo la idea de que las poblaciones judías sean meros conversos europeos o refugiados europeos sin linaje de Oriente Próximo. Destacados estudios revisados por pares y publicados en las principales revistas científicas confirman que las poblaciones judías contemporáneas comparten linajes ancestrales predominantes enraizados en el antiguo Oriente Próximo:
- Ascendencia común de Oriente Medio: un estudio fundacional de 2010 publicado en Nature por Doron M. Behar y un equipo internacional de genetistas demostró que las comunidades judías de todo el mundo —incluidos los judíos asquenazíes, sefardíes y mizrajíes— forman un conglomerado genético estrecho con raíces en el Levante, mostrando continuidad genética con las poblaciones autóctonas de Oriente Próximo.
- Genomas compartidos de la diáspora: una investigación dirigida por Gil Atzmon en The American Journal of Human Genetics determinó que las principales poblaciones de la diáspora judía comparten segmentos cromosómicos significativos de identidad por descendencia, los cuales se remontan a una población ancestral levantina común previa a su dispersión.
- ADN del antiguo Levante meridional: un exhaustivo estudio genómico de 2020 en Cell que analizó restos antiguos de la Edad del Bronce en el Levante reveló que las poblaciones judías y levantinas actuales derivan la mitad o más de su ascendencia de poblaciones que habitaron el Levante meridional durante la Edad del Bronce.
Presencia ininterrumpida y diversidad demográfica
La presencia judía en la tierra no cesó con la destrucción romana del Segundo Templo. Aunque Roma sofocó revueltas, exilió a grandes multitudes y renombró la provincia como Siria Palestina para despojarla de su identidad judía, una presencia judía continua perduró en Galilea y en ciudades como Tiberíades, Safed y Jerusalén a lo largo de los periodos bizantino, islámico y otomano. El Talmud de Jerusalén se compiló en Tiberíades en el siglo IV d. C., y Safed se convirtió en el siglo XVI en un destacado centro neurálgico mundial de la erudición y el misticismo judíos.
Por último, tildar a la población judía moderna de Israel de «puramente europea» invisibiliza a la mayoría de los judíos israelíes. Más de la mitad de los ciudadanos judíos de Israel no tienen su ascendencia inmediata en Europa, sino en antiguas comunidades de Oriente Medio y el norte de África —incluidas las de Irak, Yemen, Egipto, Marruecos, Siria e Irán—, que a mediados del siglo XX huyeron de persecuciones, pogromos y expulsiones promovidas por los Estados para regresar a su hogar ancestral.